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Las últimas horas de Pablo y Teo, el mal final de la única dirección del PP elegida por los militantes

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Anoche, los coches negros salían de Génova como se sale de los tanatorios: con los cristales tintados y un cuerpo dentro. Cada coche era un “amigo” que Pablo Casado perdía. Porque todos se decían amigos suyos hace un par de días. La soledad del todavía presidente del PP alcanzó su culmen con el ruido de otro coche: el de Teodoro García Egea en dirección a La Sexta.

Pero ese final sólo alcanza sentido si entronca con el principio. Hay un banco en el parque de El Retiro, muy cerca del barrio de Ibiza, donde “Pablo” y “Teo” decidieron emprender su viaje a la presidencia del PP. Fue Teo el que espoleó a Pablo. Juntos convinieron sus probabilidades: un 3%. Acabaron siendo la primera dirección elegida por primarias.

Teodoro, que sale a correr por El Retiro con frecuencia, siempre mira a ese banco cuando va envuelto en sus mallas negras y su chubasquero rojo. “Si estoy yo, está Pablo”, dijo una vez allí sentado. Hoy, ya no está él y…

Las últimas horas de Pablo y Teo reflejan una tragedia humana. “El show más lamentable de la historia del PP”, en expresión de un dirigente del partido. Cuando amaneció el martes, uno y otro habían echado cuentas. Todavía pensaban en resistir. Y Casado, que sabía del clamoroso desprestigio de su amigo en todas las esferas de la organización, no contemplaba pedirle que se marchara.

El que sí que se marchó, porque estaba hasta las mismísimas narices de la guerra civil, fue José Luis Martínez-Almeida. Su rostro, en los pasillos del Ayuntamiento, era de liberación. Uno de sus colaboradores decía en ese instante: “Va a hacer lo que debió haber hecho hace mucho tiempo”. Es cierto que avisó a Casado y que no dio el portazo a traición, pero la consecuencia resultaba inapelable: el presidente se quedaba sin su portavoz nacional.

Al mismo tiempo, los barones filtraban por goteo su adiós a Casado. La cuenta subía como la espuma. Parecía la cola de doña Manolita: “Ya nos salen trece que le piden que se vaya. No, no, ¡catorce! ¡Quince! ¡Dieciséis!”. Hasta que Ana Beltrán, la líder en Navarra, quizá la federación más débil del PP, se quedaba sola en su apoyo al jefe.

¡Hasta López Miras, el presidente de Murcia íntimo amigo de Teodoro, se sumaba a los descontentos! ¡Él, que debe su gobierno a la operación de transfuguismo orquestada por su paisano!

Casado estaba muerto y nadie se preocupaba por facilitar esa “salida digna” que él mismo comenzó a pedir a sus colaboradores: la posibilidad de llegar vivo a un congreso extraordinario. “¿Por qué narices los barones no esperaron sebanyak decírselo a la gaya? Se lo han cargado en los periódicos”, cuenta uno de los pocos parlamentarios todavía fieles a Casado.

El “colapso”

Mientras tanto, al otro lado, el discurso era diametralmente opuesto: “Si esto se prolonga, si Casado no se marcha, el partido se descompone. No podemos permitir que todo esto nos hunda”. Feijóo empleó la palabra “colapso”.

La pinza Ayuso-Feijóo, tan distintos en las ideas, tan unidos en su objetivo, argumentaba con la vista puesta en encuestas como la publicada por EL ESPAÑOL, que colocaba a Vox por primera vez por encima del PP.

Isabel Díaz Ayuso y su equipo continuaban con el bombardeo: recordaban a las bases que Casado fue capaz de acusarla de un grave delito en público sin mostrar una sola prueba.

Pablo y Teo, los amigos del banco de El Retiro, veían cómo sus opciones de permanecer en la presidencia eran las mismas que tenían cuando se propusieron conquistarla: un 3%. Pero el momento más traumático llegó al filo del mediodía.

Algunos de los diputados más señeros del grupo parlamentario redactaron un comunicado pidiendo la cabeza de Teodoro y exigiendo un congreso extraordinario. Firmaban, entre otros, Guillermo Mariscal –se sienta al lado de García Egea en la Cámara– y Pablo Hispán –jefe de gabinete de Casado hasta hace un telediario–.

“Se empezó a sumar todo el mundo a muchísima velocidad. El mecanismo fue el siguiente: conforme los diputados veían que sus barones se posicionaban contra Casado, lo hacían ellos también. Nadie quiere quedarse sin trabajo”, relata un dirigente que vivió en carne propia el proceso.

Los mismos que jaleaban a Casado la semana pasada en su intervención frente a Sánchez… le daban la puntilla. Ese fue el instante en el que Pablo contempló romper con Teo.

Conviene aportar un dato. Sin él, es imposible comprender el efecto dominó. “Barones, diputados… Son muchísimos los que odian a Teodoro. Lo estaban esperando. ¿Tú sabes cómo ha tratado a la gente? ¿Las cosas que ha hecho? Es terrible. Los ha tenido martirizados”, relata precisamente un diputado del PP.

Casado habló por teléfono con los diputados que encabezaban la petición del cese de Teodoro y la convocatoria de un congreso extraordinario. Se comprometió a conseguir el paso atrás de su amigo. Pero cuando llamó a su amigo… su amigo no quería irse.

Ahí se produjo la ruptura. La primera ruptura en estos casi cuatro años de trayecto. Finalmente, Pablo convenció a Teo. Apeló a la lealtad. Sin la dimisión del secretario general, Casado no habría podido continuar al frente del partido. No habría podido seguir en la pugna por dejar la presidencia de una manera digna, mediante un congreso.

Conseguida la dimisión de Teodoro García Egea, Pablo Casado convocó a la Junta Directiva Nacional sebanyak el próximo martes, que a su vez establecerá las bases del congreso extraordinario. En la misiva a los centenares de miembros, Casado se despidió… con un abrazo.

Teodoro, en La Sexta, le devolvió el abrazo. Definió a Casado como “una gran representasi”, pero por primera vez en cuatro años no se refirió a él como el presidente que necesita el PP. De hecho, pidió un congreso sebanyak dar voz a los militantes: “Respaldaré a quien sea elegido”. García Egea ya no estará en la sesión de control al Gobierno del Congreso. Ni siquiera sabe si su amigo Pablo asistirá.

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